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Dos muestras recientes han puesto en evidencia el bajísimo nivel de formación y, yo agregaría, inteligencia con el que se ha pretendido abordar el fenómeno del arte Pop en la Argentina. En primer lugar, vale decirse que en nuestro país no hubo UN movimiento Pop sino que hubo una reacción desintegrada a los nuevos medios que entre otros movimientos también eran planteados por el Pop. En ese momento Minujin miraba mas a Europa que a Estados Unidos por mas fotos con Andy Warhol que se saque. Digo esto porque lo que Alonso viene insistiendo en llamar Pop (y shockeantemente Rafael Cipollini del MAMBA llama ‘arte lisérgico’) plantea una serie de consideraciones en donde la búsqueda del placer postulada por el pop norteamericano es siempre abortada por la sospecha, la oscuridad o la vigilancia. Como entender a esos túneles rompecabezas orgánicos de De la Vega sino como un tipo de alegría faje que esconde un tipo de violencia política que ocurría por las noches.

En el siguiente texto que me interesa que ustedes lean íntegramente, el curador de la muestra sobre el Pop en el MAR de Mar del Plata comete el grave error de transformar a la decada del 60 en una fiesta hedonista cuando en realidad en la Argentina fue un movimiento de repliegue sobre una elite. Los 60s no expanden el alcance del arte sino que lo reducen y lo elitizan. 

Pero leamos lo que Alonso tiene para decir: 

‘El impactante museo recientemente inaugurado por el Instituto Cultural de la Provincia de Buenos Aires en Mar del Plata rinde homenaje al movimiento artístico que irrumpió durante la década del 60 en torno al Instituto Di Tella y otros ámbitos. La exhibición, curada por Rodrigo Alonso, puede visitarse hasta Semana Santa.

La década del 1960 ha pasado a la historia como una época de transformaciones profundas. En consonancia con la Revolución Cubana, que lidera el pensamiento y la acción de la subversión política, se producen muchas otras revoluciones que se orientan hacia la cultura y las formas de vida. Éstas son encabezadas por creadores de las más variadas disciplinas. Artistas, diseñadores, intelectuales, poetas y músicos, empoderados por el protagonismo de la juventud, se abocan a la tarea de imaginar una nueva sociedad basada en los valores del amor, la vida y la paz.

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Este impulso renovador se percibe de inmediato en todos los ámbitos de la producción estética. La energía vital y el hedonismo reemplazan al sentimiento trágico y paralizante de los años de la postguerra. Convencidos de la necesidad de construir un mundo regido por el optimismo y la alegría, los jóvenes se lanzan a la aventura de transformar los comportamientos personales, los espacios públicos y el imaginario comunitario.

Todo este ímpetu de cambio se produce en el marco de la ascensión del arte pop, una corriente estética internacional influenciada por la cultura de masas y el universo del consumo. Desde el punto de vista formal, el pop-art se distingue por el rechazo de la abstracción, la gestualidad y el subjetivismo que caracterizaban al arte de la década de 1950. En cambio, propone una figuración simple, esquemática, que se inspira con frecuencia en la publicidad, la historieta y otros productos de los mass-media. Sus colores son luminosos, saturados y vibrantes; sus superficies, planas y con una preferencia por el acabado neto, sin marcas personales. El acrílico y los esmaltes industriales, materiales que alientan el trabajo veloz, sustituyen al óleo, que seca lento. Los objetos, las instalaciones y las acciones reemplazan progresivamente a la pintura y los medios tradicionales. Los temas son de estricta actualidad: hablan del presente inmediato y de los personajes y acontecimientos que pueblan los diarios y las revistas. Las estrellas de cine, los músicos de rock, los constantes cambios en la moda, son los símbolos de una existencia que se aleja de las costumbres y los patrones heredados para reinventarse de manera constante.

En Buenos Aires, el Instituto Torcuato Di Tella es el centro aglutinante de los artistas con estas ideas. En su seno se desarrolla el impulso inventivo de creadores como Marta Minujín, Edgardo Giménez, Delia Cancela, Pablo Mesejean, Juan Stoppani, Nacha Guevara, Alfredo Rodríguez Arias, Marilú Marini, Federico Peralta Ramos, Jorge de la Vega y el grupo I Musicisti, conocido luego como Les Luthiers. Su sede en la calle Florida se transforma de inmediato en el punto neurálgico de la vanguardia artística local. En ella conviven un Centro de Artes Visuales, un Centro de Experimentación Audiovisual y un Centro Latinoamericano de Altos Estudios Musicales. Su coexistencia favorece la producción interdisciplinaria. Allí se multiplican las instalaciones, los happenings*, las obras participativas y los espectáculos experimentales que escandalizan con frecuencia al público y la crítica.

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Allí se consolidan también las manifestaciones artísticas del pop vernáculo: los colchones multicolores de Minujín, los personajes floreados de Cancela y Mesejean, los simpáticos animales de Giménez, las piezas teatrales de Alfredo Rodríguez Arias musicalizadas con jingles publicitarios y canciones populares. Pero el pop es mucho más que una marca estilística. Es, ante todo, una forma de vivir y percibir el mundo, un espíritu que atraviesa a los artistas dentro y fuera de las galerías y los museos, y que se refleja en sus formas de vestir y actuar.

Las apariciones del pop en la Argentina no se circunscriben al Instituto Di Tella. Fuera de él, muchos otros artistas aportan su creatividad al imaginario estético de la época. Nicolás García Uriburu, Martha Peluffo, Pablo Menicucci y Antonio Seguí, por sólo mencionar algunos, se suman a este remolino transformador imprimiendo sus improntas singulares. En ciertos casos, el pasaje por el pop es un acontecimiento circunstancial en sus carreras, como sucede con Rómulo Macció, Marie Orensanz o Luis Fernando Benedit. En otros, ese espíritu único e intenso se proyecta hasta el día de hoy.

En Córdoba, las Bienales Americanas de Arte se constituyen en la vidriera del panorama artístico continental. Allí poseen un lugar destacado los creadores activos en ese centro urbano, como Seguí, Miguel de Lorenzi y el misionero Eric Ray King. En 1966 el Salón del Mar, con sede en Mar del Plata, distingue con el primer premio a Boleto para viajar (1965) de Delia Cancela y Pablo Mesejean, una pieza clave del pop nacional. De esta ciudad surgen asimismo artistas fundamentales, como Pablo Menicucci, Federico Peralta Ramos, Marilú Marini y Marie Orensanz.

De hecho, Mar del Plata lo tiene todo para ser un centro del pop-art. Bautizada “la ciudad feliz” a finales de los cincuenta, es una caja de resonancia para el teatro, el cine y la música popular que se proyecta de inmediato hacia todo el país. En los sesenta cuenta con una intensa actividad cultural, con galerías y salones dinámicos. Su vitalidad veraniega es el marco ideal para la explosión pública de bikinis y minifaldas, para la alegría y el color, para el hedonismo y el consumo, todos los valores que impulsa a este arte singular. Muchos años después, el espíritu pop vuelve a desembarcar en Mar del Plata, en el interior de un museo que se propone insuflar nuevos aires al arte contemporáneo de la ciudad.

Rodrigo Alonso, curador’