LA LECTORA ALICEINWOImagenNDERLAND ANALIZA LA ETICA PERIODISTICA Y SERIEDAD PROFESIONAL DE LA NUEVA ACADEMICA DE NUMERO DE LA ACADEMIA NACIONAL DE PERIODISMO, LA CHORRA PAQUETA:

‘En una sala de prensa conocí a una persona importante. Sus títulos, premios y medallas forman una lista interminable: Licenciada en Letras Modernas en la Universidad Nacional de Córdoba (1) con Medalla de Oro (2) y Premio de la Universidad (3). Miembro consultivo de la Comisión Nacional de Monumentos, Museos y Lugares Históricos (4) y del Consejo Argentino de Relaciones Internacionales (5), y titular de la Cátedra de Arte en los Medios de la Universidad del Salvador (6). Editora (7) y redactora (8) de Artes Visuales de adn Cultura del diario La Nación y columnista de la sección de cultura (9) del mismo diario. Además de becaria en el CONICET (10), recibió el Premio Konex de platino (11) en 2007 como reconocimiento a su trabajo en el periodismo en artes visuales. Condecorada con la Orden de la Estrella de la Solidaridad en el grado de Cavaliere (12) por la Embajada de Italia. También recibió la orden de Chevalier des Arts et Lettres por el gobierno de Francia (13) y la Orden de Río Branco del gobierno de Brasil (14).

Catorce títulos son suficientes para suponer que la persona de la que hablo es una eminencia. No lo mencioné en el conteo pero esta persona también es jurado de todo tipo de premios y moderadora de conferencias con los artistas nacionales más reconocidos. Para la gente que no está propiamente dentro del campo del arte ella es una fuente generadora de opinión. Tiene miles de seguidores en su blog y twitter que leen y visitan lo que ella recomienda. Los artistas y obras que destaca serán los que aparecerán en las tapas de los diarios d

Imagene mayor difusión y por obvia consecuencia, los que conocerá la mayoría de la gente.

No me equivoco entonces al decir que en aquella sala de prensa conocí a esta persona tan importante. Tan destacada, tan bilingüe. Yo escribía una nota sobre el cierre de arteBA y tuve la oportunidad de que Alicia de Arteaga se sentara al lado mío. En absoluto pasó desapercibida. Es una persona tan brillante, literalmente. Ese día Alice se había puesto una remera de lentejuelas plateadas. Brillos y un sombrerito negro que no se quitó en ningún momento. Y entonces, después de conversar con los que pasaban y la celebraban, se puso a buscar el Word para empezar a redactar su nota de cierre de arteBA. Esta búsqueda le llevó bastante tiempo y entonces exclamó: “¡No encuentro el Word!”, con un inglés un tanto sobrecargado. Alice estaba indignada y entonces levantó la vista. Empezó a ver quién sería su víctima. Quién de todos los que estaban allí sentados redactando notas le cedería su lugar a la voz autorizada del arte nacional. Alice necesitaba el Word. Claro que las prioridades de uno ceden inmediatamente ante alguien tan reconocido. Así fue que, en cuestión de segundos, una mujer dejó su silla y postergó su trabajo en beneficio de la redactora de adn. En ese instante se empezaba a escribir la nota que más personas iban a leer sobre arteBA. El cierre de la vigésimoprimera edición escrito por Alicia de Arteaga.

Con profesionalismo, números, cifras, precios, dólares y en algún momento alguna mención desinteresada (¿si?). A las 17.54 Alice abrió el Word y comenzó a escribir. Sin cuadernos, sin folletos ni apuntes… nada. Pensé en lo doblemente brillante de aquella mujer que tenía toda la información en su cabeza. La mirada concentradísima en la pantalla. Apenas levantaba la vista para pensar un poco y volvía al teclado. La interrumpieron dos veces. El primero que la vino a saludar fue el artista y arquitecto Gaspar Libedinsky. Se notó una conversación auténtica, sin intereses de por medio, una amistad. Hasta se fueron a servir un café juntos. Luego Alice volvió a su silla y no pasaron dos minutos que se acercó otro hombre. Sólo lo vi de espaldas. Entró hablando en inglés y prolongando las vocales de cada palabra: “Alice! Hello! How are you?”. Entonces Alice giró la cabeza y sonrió muchísimo: “¡Ah! ¡Divain!”. Y ahí concluyó el intercambio bilingüe y el hombre dijo: “Vos siempre estás divain Alice”. Risas, elogios, muequitas de besos y el hombre se fue.

En un momento, Alice empezó a cantar en francés. Me pareció un poco molesto por tratarse de un espacio en donde había seis personas intentando escribir. Pero si ella lo hacía, debía ser que era habitual y que cada tanto, alguien cantaba algo o se generaba alguna situación para distender el clima. Así que su gesto terminó por parecerme amable. Qué bueno poder compartir una redacción con alguien tan notable.

De pronto me di cuenta que me faltaba un dato. Acababan de anunciar el ganador de un premio y yo no sabía quién había sido. Ni siquiera dudé en aprovechar la oportunidad de preguntarle a Alice. Ella estaba informada de todo lo que iba ocurriendo. O al menos eso creí. Para mi sorpresa, Alice me contestó: “¡Ah, es verdad! A mí también me falta eso, ¿Me lo averiguás?”. Empecé a asumir que la situación me parecía extraña. Si me sinceraba, sus brillos me distraían, su sombrerito también, sus conversaciones bilingües en voz alta, su cancionero de Carla Bruni…

Alice siguió escribiendo. Una chica con tacos altísimos le comentó sorprendida: “Alice, ¡Qué concentración!”. Y ella contestó: “Viste… Es que quiero hacer esto rapidito, en tiempo récord”. Por unos segundos dudé de que fuera quien creía que era. La observé bien: su cara, con sus ojos bien claros debajo de la solapa del sombrero. Era Alicia de Arteaga, ninguna duda. Moderadora de casi todas las charlas del Open Forum de arteBA, presencia fundamental en inauguraciones en Malba o Proa, licenciada en Letras Modernas con premios, brillantes y aplausos. Estaba haciéndome esas preguntas cuando Alice me interrumpió: “¿Averiguaste?”. Le dije que no, y entonces con la mano llamó a una de las cuidadoras del stand de prensa y le pidió que le averiguara el nombre del ganador del premio de Arcos Dorados y de paso, que le dijera cuántas personas habían visitado la feria. Recordé mis años de periodismo, del hincapié de los profesores en ser responsables con lo que escribimos, buscar los datos por nuestra cuenta o utilizar fuentes confiables, tomar apuntes, escribir, tachar, corregir, releer. Tal vez el rigor no era una característica de las notas de arte. Igual Alice tenía años de experiencia, seguro que después de tanto tiempo, uno incorpora práctica y ya no necesita hacer nada de lo que le enseñan. Al rato volvió la cuidadora. Le dijo el número de visitantes y el nombre del ganador. Yo lo anoté: Iosu Aramburu. Busqué en el suplemento que tenía de la feria, vi su obra, vi que era de Perú y escribí la galería con la que participaba. Alice seguía escribiendo. Las palabras le salían sin parar.

Terminé mi nota, cerré la sesión de la computadora y cuando me levanté del asiento Alice me detuvo: “No, pará ¿Cómo se llamaba entonces el ganador?”. Le contesté. Ella volvió a tipear. Alice estaba poseída por una musa. Qué ansiedad me generaba leer aquella nota. Qué profesional se la veía allí sentada. Con todos esos títulos y premios, medallas y órdenes de Estrella, todo radiante, como su remera de lentejuelas.’